El 23 de enero, más de 40 personas murieron y unas 850 fueron detenidas por las fuerzas del gobierno cuando los venezolanos tomaron las calles para mostrar su apoyo a Juan Guaidó, el jefe de la legislatura venezolana y autoproclamado presidente interino de Venezuela. La semana pasada, mientras la Unión Europea se preparaba para unirse a los Estados Unidos, Canadá, Israel, la Organización de los Estados Americanos y la mayoría de los países latinoamericanos en el reconocimiento del mandato del Sr. Guaidó, cientos de miles de venezolanos tomaron una vez más las calles para exigir que Maduro dejara el poder.

Pero en un país que es casi tres cuartos católico, una voz falta notablemente del coro de apoyo para una transición a la democracia en Caracas: la del Papa Francisco, el ex arzobispo de Buenos Aires y el primer pontífice nacido en América Latina. Su silencio es cada vez más ensordecedor a medida que Venezuela continúa hundiéndose en la peor crisis humanitaria de la historia.

En su primera homilía después de su elección como Papa en octubre de 1978, el Papa Juan Pablo II instó al mundo a "no tener miedo". El verdadero significado del mensaje de Juan Pablo II se reveló en marzo de 1979 con la publicación de Redemptor Hominis, donde condenó abiertamente al comunismo como un sistema político que no respetaba la dignidad ni la libertad humana. Cuatro meses después, en junio de 1979, el Papa Juan Pablo II realizó su viaje histórico a Polonia y puso en marcha la liberación de su pueblo. Sin embargo, el Papa no solo serviría como una voz para sus compañeros polacos. Como notó durante su primera visita papal, “El Papa Juan Pablo II, el eslavo, está liderando a todas estas naciones [eslavas] y al pueblo junto con los suyos.” En una palabra, él sería la voz de todos aquellos silenciados por el totalitarismo soviético. En 1989, Polonia lideraría a Hungría, Alemania Oriental, Bulgaria, Checoslovaquia y Rumania para declarar la libertad de la Unión Soviética. Diez años despues, la cortina de hierro cayó.

También en América Latina, los líderes de la Iglesia tienen una larga historia de enfrentarse a la tiranía.

En 1502, el fraile dominicano Antonio de Montesinos abordó lo que podría considerarse la primera crisis "latinoamericana" de derechos humanos cuando él, frente a representantes de la Corona española en Santo Domingo, condenó la esclavitud y el maltrato de los indígenas, bramando que los conquistadores estaban “en pacado mortal… por la crueldad y la tirania” que practibacan con los indigenas. Al regresar a España, Montesinos continuó defendiendo a los nativos en la corte de Carlos I, sentando las bases de una Iglesia latinoamericana que se opone a la tiranía.

De manera similar, el arzobispo salvadoreño Óscar Romero se enfrentó a un gobierno autoritario de derecha y sus escuadrones de la muerte y posteriormente fue asesinado en la Catedral de San Salvador el 24 de marzo de 1980. En su último sermón antes de ser asesinado, Romero apeló directamente a los que estaban en el poder diciendo: “En el nombre de Dios, en el nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben al cielo cada día más tumultuosos, les imploro, les ruego, les ordeno: ¡Cese la represión!”.

Cuando Francisco fue elegido Papa en marzo de 2013, América Latina se encontraba en medio de otro período de agitación política y el socialismo del siglo XXI fue la base de los gobiernos de Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Nicaragua y Venezuela. Un mes después de su primera misa papal, Nicolás Maduro fue elegido para reemplazar a Hugo Chávez en Venezuela.

La crisis política y humanitaria que ha sufrido Venezuela en consecuencia debe considerarse como la culminación de la revolución bolivariana de Hugo Chávez y no debe ser subestimada. Venezuela, que alguna vez fue una potencia regional, puede hoy caracterizarse por una escasez masiva de alimentos, una infraestructura interna colapsada, un encarcelamiento político generalizado, tasas de homicidios cada vez más elevadas, libertad de prensa e inflación que se proyecta que alcanzará el 10 millones por ciento en 2019. En última instancia, es fácil de entender por qué más de 3 millones de venezolanos han huido de su país desde 2015 y por qué miles continúan marchándose todos los días.

Pero mientras Juan Pablo II, el eslavo, se solidarizó con las fuerzas de cambio que desafiaron al comunismo en su Polonia natal, Francisco, el latinoamericano, se negó a unirse al mundo libre en reconocer a Juan Guaidó, el presidente interino de 35 años, poniéndose entonces en el lugar de Rusia, China, Cuba y Turquía, quienes siguen reconociendo el mandato ilegítimo de Nicolás Maduro. En lugar de estar junto a la abrumadora mayoría de los venezolanos que quieren que termine su pesadilla bolivariana, el Papa Francisco ha ofrecido facilitar la mediación entre Maduro y Guaidó si "ambas partes lo piden". La Iglesia venezolana se ha opuesto abiertamente a esta oferta.

Hoy, más que nunca, América Latina necesita que su primer papa sirva como una voz en el desierto, en solidaridad con los que sufren en Venezuela y pidiendo el respeto de su vida y dignidad. En Evangelii Gaudium, Francis escribió que "Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres…esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo”.

Los católicos de todo el mundo deben orar para que el Santo Padre recuerde esas palabras y se una al mundo libre para convocar elecciones justas y libres en Venezuela, recordando el papel histórico de la Iglesia en su continente latinoamericano.

Por Johannes Schmidt